3 ago. 2010

Orejas de cerdo con salsa brava


La primera vez que comí oreja de cerdo como ingrediente principal (no cuentan, pues, los cocidos montañeses que me he zampado, en los que a menudo se incluye el pabellón auricular del gorrino como aditamento) fue cuando asistí a la Hispacon de Getafe en 2003. A pesar de que lo gelatinoso, generalmente, no me va demasiado, la tapa me encantó. Pues eso era: una tapa, una pequeña ración servida en un bar.

En cierto modo recuerda a los callos, aunque es mucho más meloso, como las patas, y es ideal para comer con un cacho de buen pan blanco y una cerveza fresquita (o dos).

Hace un par de semanas, mi madre compró dos bandejas de oreja de cerdo y las congeló. Normalmente no las habría comprado, pero estaban de oferta. (Ya sabéis.) Las compró para echarlas en el cocido montañés, pero yo, al ver tanta oreja junta, enseguida les asigné otro destino.

Mi madre no ha querido (está de dieta) así que nos las hemos zampado mi padre y yo. ¡Qué ricas! Con su punto exacto de picante, melosidad, el contraste entre el triscante interior y el gelatinoso exterior... ¡Uf!, y me sentaron estupendamente, acompañadas por unas patatas fritas regadas con la salsa brava que había sobrado.

Media ración que separé para la cata previa (perdón por la calidad de la foto; era de noche y la luz de la cocina es muy mala para sacar fotos, así que tuve que usar el flash).


Ingredientes (para dos personas):

Tres orejas de cerdo
Unos granos de pimienta negra
Una hoja de laurel
Un bote de tomate triturado (800 gramos)
Tres cayenas (pequeñas guindillas rojas picantes, secas, de unos dos centímetros de largo)
Una cucharada bien colmada de harina
Una cucharada de azúcar
Una cucharada de sal
Un vaso de vino blanco
Aceite de oliva virgen extra

Instrumental:

Un cuchillo bien afilado
Una cuchara sopera
Tabla de corte
Un batidor de varillas
Un colador
Una sartén honda (con tapa)
Una plancha o sartén plana (de buen diámetro)
Una olla a presión.

Lo primero es limpiar bien las orejas. Debajo del chorro de agua caliente del grifo, frotando bien hasta eliminar toda posible suciedad, y en la tabla, con el cuchillo, eliminando los pelos que puedan haber quedado, etc.

Hecha la limpieza, se procede a cortar las orejas en cuatro trozos de tamaño similar. Cuidado al cortar, porque la oreja cruda es como caucho y el cuchillo puede resbalar o desviarse; usad un cuchillo bien afilado y cortad con la debida cautela.

En la olla a presión se echa abundante agua (como para cocer pasta), la sal, la pimienta en grano y la hoja de laurel. Se pone a fuego fuerte sin tapa y, cuando esté hirviendo, se echa la oreja y se deja hervir cinco minutos; luego se baja el fuego y se pone la tapa de la sartén, dejándolo cocer una media hora. Transcurrido ese tiempo, se cambia el agua, poniendo la suficiente para cubrir las orejas, y se cierra la olla con su tapa, cociendo las orejas a presión máxima durante otra media hora.

¿Por qué hago esto? Para que al final tenga un sabor suave y con el punto exacto de sal.

Cocidas las orejas, habrá que reservarlas y dejarlas enfriar un poco antes de trocearlas en cuadraditos, más o menos del tamaño de una tarjeta de memoria SD (si no meto algún detalle friki o geek, no soy yo mismo).

Pero antes de pasar a la plancha tenemos que hacer la salsa brava. Lo haremos mientras se va cociendo la oreja; hay tiempo de sobra.

En la sartén honda, echaremos dos o tres cucharadas soperas de aceite de oliva virgen extra, que calentaremos, echando el tomate triturado a continuación. Hay que ponerlo a fuego lento para que el tomate se vaya confitando, removiendo con las varillas constantemente para controlar la cocción y la ebullición del tomate. (¡Cuidado con las salpicaduras!)

Tras las primeras vueltas, echaremos el azúcar y las cayenas, sin dejar de remover con las varillas; cuando empiece a espesar, echaremos el vino blanco. Remueve que remueve, evaporado ya el alcohol, iremos echando la harina con la ayuda de un colador, batiendo al mismo tiempo con cierta energía para que no se formen grumos. Esto requiere de cierta habilidad, golpeando el canto del colador con el mango del batidor; si no eres mañoso, que te ayude alguien a ir espolvoreando la harina mientras otro bate. (También, en vez de echar harina con un colador, puedes verter un poco de maizena disuelta en agua fría —basta con una cucharadita—; es mucho más fácil, pero con el colador fardas mucho más, dónde va a parar.)

Cuando las cayenas estén blandas, es buena idea sacarlas y extraer la pulpita interior con el cuchillo para añadirla a la salsa, desechando las pieles.

Como veis, la salsa no lleva sal añadida; esto es porque ya el tomate triturado tiene la cantidad justa de sal en la conserva.

Chup chup, fuego muy bajo, remover de vez en cuando con las varillas, dejar que espese...

En la plancha o sartén plana, echaremos un chorrito de aceite (no mucho; lo justo para rehogar) y, cuando se haya calentado, las orejas cortadas en cuadrados. Iremos rehogando hasta que se doren y pierdan parte del agua de la cocción, pero sin que mermen demasiado. El punto es complicado; se trata de que recuperen cierta firmeza sin que queden totalmente fritos. Depende, también, del gusto de cada cual.

El último paso es añadir la salsa brava a la oreja, mezclando bien para que se intercambien los sabores. ¡Delicioso!

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